¿A Favor de una evaluación externa?
¿A favor de una evaluación externa? ¿A favor de una evaluación interna? ¿A favor de una coevaluación? ¿Y de una autoevaluación? La respuesta a todas estas preguntas es, a priori, sí, porque la evaluación, del tipo que sea, es, para mí, el aspecto más importante de nuestro trabajo. Un buen diagnóstico inicial es clave para que se produzca un aprendizaje de calidad, real, efectivo, que desarrolle las competencias clave y que, por tanto, sea significativo.
Ahora bien, si solo se pretende obtener datos, comparar, malinterpretar la información, o conseguir una mejora cuantitativa (números), entonces no (y ya solo me estoy refiriendo a las evaluaciones externas: PISA, PEvAU, antiguas pruebas de diagnóstico de 2º de ESO y prueba final de 4º de ESO). A lo largo de las siguientes líneas intentaré explicar esta especie de esquizofrenia sobre mi postura a favor y en contra de las evaluaciones externas.
La mejora siempre ha de ser cualitativa, y responder a las demandas del mundo actual. Sin embargo, no percibo que se orienten las políticas educativas hacia estas mejoras cualitativas. En este sentido, considero que no se están aprovechando del todo los resultados de las pruebas externas. Además, encontramos que:
Podemos resumir todo lo anterior con la siguiente afirmación: las pruebas externas siempre vienen bien y casi nunca son bien recibidas. Algunas veces sus resultados son significativos porque de ellos se infieren actuaciones correctas e incorrectas a nivel pedagógico. Pero si no hay un empeño real en utilizar los datos sabiamente, un empeño personal y de todo el conjunto de los docentes de un departamento, área o claustro, para emprender actuaciones de mejora -más allá del mero trámite de un informe de valoración de las mismas-, para impulsar la formación en innovación, metodologías de éxito y evaluación del propio proceso de enseñanza y aprendizaje, insisto, si no se da ese salto más allá, a las pruebas de diagnóstico externas les queda mucho para ser 100% válidas y necesarias.
Concluyo con la convicción de que, tras los resultados, no ha de partirse de la expectativa de que los legisladores, las administraciones educativas o la inspección nos den la fórmula de la mejora ni del cambio. Ni si quiera la coordinación del área o el departamento. Ha de salir de cada uno, de cada docente. Sé que me hago pocos amigos afirmando que deberíamos ser evaluados, no nuestros conocimientos, ni nuestros resultados, pero sí nuestra forma de evaluar, de analizar nuestros propios resultados y de elaborar planes de mejora cualitativos. Recordemos que si queremos cambios, debemos hacer cosas distintas. Haciendo lo mismo de siempre obtendremos lo mismo de siempre.
Ahora bien, si solo se pretende obtener datos, comparar, malinterpretar la información, o conseguir una mejora cuantitativa (números), entonces no (y ya solo me estoy refiriendo a las evaluaciones externas: PISA, PEvAU, antiguas pruebas de diagnóstico de 2º de ESO y prueba final de 4º de ESO). A lo largo de las siguientes líneas intentaré explicar esta especie de esquizofrenia sobre mi postura a favor y en contra de las evaluaciones externas.
La mejora siempre ha de ser cualitativa, y responder a las demandas del mundo actual. Sin embargo, no percibo que se orienten las políticas educativas hacia estas mejoras cualitativas. En este sentido, considero que no se están aprovechando del todo los resultados de las pruebas externas. Además, encontramos que:
- Las pruebas externas sirven para medir el desarrollo de competencias, pero no todas. Tal y como son las competencias clave y las inteligencias múltiples, parece hasta contradictorio medir su desarrollo con un cuadernillo. Esto significa que es una evaluación parcial, y que también es muy difícil evaluar, quizá lo más difícil de esta profesión.
- Por su puesto, nos olvidamos de algo muy importante en la escuela, algo que es la salvación, por desgracia, de muchos pequeños y adolescentes: el trato humano, la inteligencia emocional, la empatía, el compañerismo, la sonrisa, el bienestar y todo aquello que hace mágica a la escuela. Eso no se evalúa, ni creo que pueda hacerse. Por esto habría que darle la razón a José María Toro Alé cuando afirmaba que las pruebas PISA "pisan" la labor del maestro.
- ¿Conozco algún ejemplo de evaluación externa cuyos resultados hayan servido para la mejora y la transparencia? Pues sí a nivel departamental, de área y personal. Pero no más allá. Un ejemplo de esto lo hemos vivido este año en mi centro. Tras el análisis de los resultados de la PEvAU del curso pasado, analizamos los mismos en el depatamento, reflexionamos sobre la conveniencia o inconveniencia de seguir aplicando ciertas metodologías y el tratamiento de ciertos contenidos. Llegamos a compromisos de actuación de cara a este curso y futuras ediciones. ¿Se están cumpliendo tales acuerdos? Por mi parte sí. ¿Funcionan? Lo sabremos el año que viene cuando recibamos nuevos informes.
- ¿Percibo que las políticas educativas se van orientando según el resultado de las pruebas? Depende. Recuerdo que hace unos años, cuando había pruebas de diagnóstico en 2º de la ESO se nos orientaba a los profes de lengua (en mi caso) a emprender más acciones que fomentasen el desarrollo de la comprensión lectora y la expresión oral. Ahora bien, igual que yo las asimilé y las di por válidas, otros muchos las ignoraron y siguieron haciendo lo de siempre y obteniendo lo de siempre.
Podemos resumir todo lo anterior con la siguiente afirmación: las pruebas externas siempre vienen bien y casi nunca son bien recibidas. Algunas veces sus resultados son significativos porque de ellos se infieren actuaciones correctas e incorrectas a nivel pedagógico. Pero si no hay un empeño real en utilizar los datos sabiamente, un empeño personal y de todo el conjunto de los docentes de un departamento, área o claustro, para emprender actuaciones de mejora -más allá del mero trámite de un informe de valoración de las mismas-, para impulsar la formación en innovación, metodologías de éxito y evaluación del propio proceso de enseñanza y aprendizaje, insisto, si no se da ese salto más allá, a las pruebas de diagnóstico externas les queda mucho para ser 100% válidas y necesarias.
Concluyo con la convicción de que, tras los resultados, no ha de partirse de la expectativa de que los legisladores, las administraciones educativas o la inspección nos den la fórmula de la mejora ni del cambio. Ni si quiera la coordinación del área o el departamento. Ha de salir de cada uno, de cada docente. Sé que me hago pocos amigos afirmando que deberíamos ser evaluados, no nuestros conocimientos, ni nuestros resultados, pero sí nuestra forma de evaluar, de analizar nuestros propios resultados y de elaborar planes de mejora cualitativos. Recordemos que si queremos cambios, debemos hacer cosas distintas. Haciendo lo mismo de siempre obtendremos lo mismo de siempre.
